Apruebo-Rechazo

 Algunos amigos me preguntan si “apruebo” o “rechazo”.

Y la verdad es que “apruebo” porque no le tengo miedo a la democracia.

Viví mi niñez, adolescencia y juventud en dictadura, con toque de queda, con medios de prensa manejados por el poder, con represión, con miedo muchas veces a expresar mi opinión.

Me acuerdo del golpe de Estado de 1973 (estaba a semanas de cumplir seis años de edad), de los militares en la calle, de las camionetas C-10 camufladas y con ametralladora en el techo del Ejército, de las grabaciones de las protestas para el instituto donde estudiaba, de las carreras para arrancar del guanaco y de los civiles que nos perseguían por el centro de Santiago para quitarnos la cinta del grabador.

También me acuerdo de la noche que pasé en una comisaría porque supuestamente estaba bebiendo alcohol en la calle y de la explicación del carabinero, a eso de las cinco de la mañana, que nos había detenido “para cumplir la meta de la noche”.

Me acuerdo de los plebiscitos de los 80, del carnet de identidad cortado en una punta de mi papá y del sello que comprobaba su votación, de las revistas Análisis y Apsi, del diario La Época, de los vídeos que daban en la Casa Constitución con recitales de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, en fin... podría llenar varias páginas con mis recuerdos.

Finalmente es la historia personal, la tuya, la mía, la que moldea los pensamientos de cada uno, los intereses de cada uno, el lado del cual estás en la vida y lo que hago día a día para ser consecuente con mi historia.

Cada uno tiene su argumento, absolutamente válido, para estar de un lado o del otro y hasta ahora, creo, no hay nada mejor que la democracia, que las personas expresen su voluntad a través de las urnas.

Estoy del lado del “apruebo” porque hoy existe una nueva realidad, un nuevo Chile que construir, porque respeto la opinión de las personas, piensen lo que piensen, y porque no le tengo miedo al futuro.

Necesitamos una nueva Constitución acorde a los tiempos que vivimos y donde todos estemos representados, donde nadie quede excluido, donde se garanticen de verdad los derechos de las personas sin importar su origen.

Por décadas hemos vivido con promesas que siempre se topan con una miopía política y/o con una escasez de recursos.

Tal vez llegó la hora que los derechos, las voluntades y las promesas queden plasmadas en el papel de una nueva Carta Magna y no en los apretones de manos y abrazos de los políticos, como antaño se sellaron cientos de acuerdos, cuando la palabra tenía mayor valor que una firma en un papel… ¿se acuerdan?

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