Tomás Lefever
En los últimos meses, entre sueños, se me ha aparecido varias veces la figura del Maestro Tomás Lefever, a quien conocí cuando estudié Comunicación Audiovisual a mediados de los 80.
Y como creo en los sueños, me imagino que hay algo que Tomás desea que escriba, por lo que me puse a recordar la relación que construimos discípulo-maestro quienes estudiamos con él.
Lo primero que recuerdo de Tomás es su cabellera y barba blanca desordenada, sus apuntes de clase en la mano y su voz grave, la gestualidad al momento de la clase, sus incitaciones a la reflexión, a ir más allá de lo obvio, en síntesis, a pensar y crecer.
De él, y de varios maestros más, aprendimos la importancia del ramo "café" a la hora del recreo, de seguir conversando ya no sólo de las materias de la clase, sino también de la realidad del país (1986-1988) en plena dictadura.
En ese ramo podían salir reflexiones incluso más importantes que las que habían surgido en clase, se nos abría la mente enclaustrada por el régimen de Pinochet y podíamos ver más allá, cámara de TV al hombro o con la cámara fotográfica en ristre, para llegar con materiales audiovisuales o gráficos que ayudaran a crear la historia chilena de esos años.
Mi licenciatura en la relación con Tomás fue en la localidad de Portezuelo, hasta donde llegamos con el equipo de TV del instituto y parte de los profesores a grabar un festival de raíz folclórica donde el maestro tocaría el piano.
Como estudiante tuve las tareas de asistente de producción, es decir, encargado de muchas cosas y detalles, entre ellos mantener abastecido a Tomás del delicioso pipeño de la zona en todo momento. Siempre debía tener una botella de pipeño a la mano en el backstage.
Lo recuerdo saliendo a escena con un poncho de lana y jugando con nosotros a un costado del escenario con un "no quiero salir..." acompañado de carcajadas. Al tercer empujón ya estaba caminando hacia el centro del escenario, mirándonos de reojo con una sonrisa cómplice, y presto para tocar el piano en una presentación magistral.
Formalmente, la última vez que compartí con el maestro Tomás fue en un local de completos en Pedro de Valdivia con Providencia, a pasos de la sede del Cidec. Era su despedida. Recuerdo que habían más shops en la mesa que los plásticos porta-completos y que el encuentro debe haber durado fácil unas tres o cuatro horas.
Tomás nos dejó a todos un testimonio escrito, en mi caso en una libreta que todavía atesoro en alguna caja de mudanza. Está escrito con lápiz rojo, con su inconfundible letra de una persona que nació en 1926, con un trazo cuidado aunque a veces poco legible (también producto de la cerveza, imagino).
Después me topé con Tomás en la estación Los Héroes del Metro, un rápido saludo, un abrazo, y cada cual por su lado.
Tiempo más tarde me enteré de su muerte y meses después me encontré con Hernán Fliman, otro maestro y director de la carrera cuando yo estudiaba Audiovisual. "Hijo, ¿cómo estás?, vamos a tomar algo", invitación del maestro que era imposible no aceptar.
Y en ese encuentro Fliman me dice dos cosas. Primero, que todos quienes pasamos por el Cidec en los años de su dirección fuimos grandes estudiantes porque obtuvimos imágenes de la represión en Chile que se difundieron en el extranjero, gracias a su gestión, para escribir la historia de este país. "Ustedes escribieron parte de la historia chilena y no se dieron cuenta. Nunca a nadie de ustedes le di las gracias por eso, entonces ahora te doy las gracias para que se las hagas llegar a todos", me dijo Hernán casi al término de nuestra larga conversación donde además confesó un pacto que tenía con Tomás.
El primero de los dos que se muriera recibiría un homenaje del sobreviviente, quien vaciaría una botella de pisco en la tumba del fallecido al tiempo que se tomaba en el lugar una segunda botella, pacto que según Hernán cumplió a cabalidad.
Ahora reviso Youtube en busca de Tomás Lefever y me encuentro, además de la música de la serie La Quintrala de TVN (que compuso en la misma época que fue nuestro maestro), con su Sinfonía Nº 1 (https://www.youtube.com/watch?v=1a82hqPIjmg) y con "Para ser feliz" (https://www.youtube.com/watch?v=4D8bATvo_Yk).
En Internet está la semblanza que leyó Gastón Soublette (https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0716-27902003019900018) en su velatorio.
Pero lo que me conmovió fue la existencia de las Jornadas Musicales Tomás Lefever en la Universidad de Valparaíso, cuya última edición se realizó en noviembre pasado. La organizadora, Ángela Vallejos, explica en un vídeo (https://www.youtube.com/watch?v=W3tihbXpYfM) que, producto del estallido social, se realizaron reflexiones abiertas a la comunidad sobre el momento que vivía el país.
Estoy seguro que Tomás jamás soñó con la existencia de unas jornadas musicales con su nombre donde además se realizaran estas reflexiones sobre Chile, su realidad y su futuro, tal y como lo hicimos cientos de veces en el ramo "café" a mediados de los 80. Por eso, más allá de la música, ahí está su legado, en la invitación a la reflexión, a pensar, abrir la mente y ver más allá.
Un abrazo a la distancia recordado Tomás.
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